Un alma que no muere

¿Cómo se ha mantenido viva una revista durante 98 años? ¿Qué la ha sostenido en pie, bregando contra carencias, tempestades e incomprensiones? ¿Qué la ha unido y qué la ha distanciado de «su razón de ser: la universidad y los estudiantes»?

Diariamente en el mundo desaparecen magacines y periódicos. Cuando los lectores sucumben ante la seducción de lo digital, solo la certidumbre de que aún queda mucho por contar, por revolucionar y por inspirar a través del papel, es lo que hace a una publicación no perderse entre tantos ceros y unos; o mejor, es lo que la lleva a adaptarse y aprovechar el nuevo contexto para diversificar sus enfoques.

Alma Máter (AM) tiene mucho que aportar todavía. Su alma no muere ni se permite hacerlo. Por ello, a solo dos noviembres de su primera centuria, se ausculta el pecho para sentir la intensidad de sus latidos.

Su credo del número 591 se diagnostica así: «la revista de Mella no es lo que debería (…) atrás quedaron los tiempos en que nuestras ediciones llegaban a las más de cinco mil brigadas que conforman la Federación Estudiantil Universitaria (FEU). Antes, lográbamos colarnos en las discusiones acaloradas que en cierto modo definen la universidad. Antes, marcábamos varios aspectos de las agendas de debate. Antes, recibíamos muchas más respuestas, dudas y hasta críticas, construidas desde las aulas.

«Pero por el camino muchas cosas cambiaron, entre quienes la hacemos y también entre quienes nos deciden. Nuestro medio fue perdiendo espacios. Ahora, mientras muchos universitarios se gradúan sin haber visto nunca una Alma Máter impresa, no pocos números pierden sus colores entre estanquillos y almacenes de la empresa Correos de Cuba».

Con esa mirada crítica y profunda, AM sigue buscando reconectar con su público, recuperar los espacios perdidos, atrapar las esencias de una sociedad no menos convulsa y heterogénea, parecerse a su época —en la que coexisten lo mismo doctos que durakos, sosegados que guapos—, reflejar los consumos culturales de esta generación y construir desde lo justo un país.

Cada revista —que ahora sale en papel con frecuencia bimestral y en formato tabloide— constituye un reto a lo presupuesto, una invitación al diálogo y al debate franco, una zancadilla a la intolerancia y un guiño a la innovación.

Por la edad que carga a cuestas, AM sería una paciente de riesgo y comorbilidades a la COVID-19, pero este período pandémico no significó un «encierro» para ella. Narró historias humanas de estudiantes valientes desde la zona roja, se abrió más a las nuevas tecnologías, conquistó WhatsApp, Telegram e Instagram, hizo periodismo del serio y contrastado, se metió en broncas; pero se ganó una audiencia que la sigue y respeta sus contenidos, aunque no siempre coincida con sus criterios.

 De AM me quedo con su diseño fecundo, sus textos contestatarios y sus portadas de luz. Me quedo con su aire problematizador y su deseo continuo de cuestionarse desde la nube hasta el microbio.

«No nos cansamos: soñamos con construir una agenda mediática más moderna, democrática y abarcadora. Tenemos el deber de convertirnos en una voz disonante, aunque implique asumir riesgos e incomprensiones», a ello aspira su director, Armando Franco, acompañado de un equipo joven y sagaz en la retaguardia.

En AM no deben faltar la energía, el optimismo y el entusiasmo que siempre quiso Mella, pero el alma de hoy no ha de ser tan dúctil que pierda su esencia ni tan estricta que solo vea sombras.

Que llegue a más brigadas de la FEU, que se lea y se comparta, que sea siempre ese espacio en que los estudiantes, con el brillo del principiante en los ojos, miran sus primeras letras publicadas; que sea una fuente de conocimiento intelectual para todos, una casa con portones abiertos para lo más sorprendente del diseño gráfico y lo más diverso de la prosa contemporánea actual.

Que sea un punto de rencuentro para los que algún día soñamos con publicar en ella y lo hicimos, y que no abandone nunca su pretensión de ser una bitácora a la que recurrir para inspirarse en estos avatares del periodismo.

 Que no muera en un estanquillo, que circule una y otra vez, que siga viva.

El autor reside en Cuba.

(digital@juventudrebelde.cu)