Tenebroso juego de palabras

Por: Nelson García Santos

 

Los países ricos, autoproclamados reyes de los derechos humanos, aplican por estos días la delirante receta del muerto delante y la gritería atrás. ¿Qué está pasando? Algo inconcebible con sabor a infierno: Resulta que se niegan a compartir la tecnología y el conocimiento científico con las naciones más pobres para que estas produzcan vacunas contra la COVID-19.

Lo más execrable deviene en que tampoco se trata de un proceder inédito. En la década de los 90 le negaron a África, azotada por la epidemia de VIH, retirar patentes para acceder a los medicamentos.

Lógicamente esta nueva estocada, basada en argumentos de respeto a la propiedad intelectual, sin mencionar la otra jugarreta de acaparar los países ricos la inmensa mayoría de las vacunas,causa un cuestionamiento universal.

En un análisis sobre ese tema, el portal BBC Mundo refería: «la industria farmacéutica argumenta que la erosión de las patentes obstaculizaría su capacidad para invertir en tratamientos futuros para la COVID-19 y otras enfermedades». Manera hipócrita de justificar lo injustificable por aquello—salta clarísimo entre líneas— de que te puedo dejar morir ahora, pero no en el futuro. Juego de palabras que siempre tendrán a mano para disfrazar su avaricia.

Ese cuento no lo cree ni el Bobo de Hatillo, aunque nadie con cinco dedos de frente cuestionaría lo valedero de avizorar lo que puede venir en el futuro, pero sin dejar de cooperar contra lo que diezma ahora mismo, sin compasión, al mundo.

Más allá de sus palabrerías engañosas, es de esperar algún gesto para intentar limpiar la imagen, esa que tanto promueven de su perfecta democracia, y ayudar a determinados Estados con fármacos o créditos, siempre, claro, de acuerdo con sus intereses.

Ante el macabro dilema, naciones pobres solicitaron ayuda a la Organización Mundial de la Salud (OMS) para aumentar su capacidad de producir vacunas. Con ese fin se diseñó el C-TAP (Acceso Mancomunado a la Tecnología contra la COVID-19), que hasta ahora ha tenido pocas respuestas.

¿La razón? El choque con la misma piedra: ninguna respuesta por parte de la industria farmacéutica, dueña exclusiva del medicamento, que consecuentemente controla la producción y el precio que, en abrumadora mayoría, tampoco está al alcance de los pobres.

Cuando se comprueban estas maneras desleales de negar conocimientos o tecnología, y de acaparar las vacunas, acá se siente tranquilidad, y la sonora palabra soberanía llega hoy a nuestros oídos más dulce y liberadora todavía, porque tampoco hay, bajo este cielo, mejor horizonte que el labrado con independencia.

Conociendo bien al que corta el bacalao en este mundo, la sabia respuesta, hincada en el valor inestimable de la ciencia creada por la Revolución, fue ir al seguro, y ahí están, al doblar de la esquina, las vacunas cubanas, que son también —no dudarlo— una esperanza para los pobres de este mundo.

Jamás olvidar aquella definición de Fidel de que en esta tierra no damos lo que nos sobra, sino que compartimos lo que tenemos.

Periodista Cubano, reside en la isla

Fuente: Juventud Rebelde