Por el rescate del Poeta de Matanzas

 

Un buen poeta no merece morir y perderse para siempre en el olvido. Es inadmisible que un pueblo permita que su poeta insigne se pierda en los abismos insondables de la desmemoria. Nagua lo ha estado permitiendo y está en la obligación de hacer un esfuerzo y quitarse el error de encima, con una acción que ponga en el lugar correspondiente al poeta Plinio Quiñones Florimón, el más brillante de todos sus poetas, a quien la generación actual simple y sencillamente no conoce.

Recuerdo que en mi niñez los alumnos recitaban de memoria unos versos bellísimos, pero ni yo ni mis condiscípulos teníamos conocimiento de quien era el autor.

El más famoso de esos versos se titula Camino Malévolo o Camino Resbaladizo, un canto a una de las estampas más comunes del campo del pasado, el camino difícil.

Una descripción cruda pero con una literatura de muy alta calidad, del camino, los sinsabores del viajero y hay también en esa obra un canto a la perseverancia y la tenacidad del que tiene y espera alcanzar una meta.

Por gentileza de mi amigo de infancia Julio César Raposo, obtuve copia de un artículo escrito hace ya mucho tiempo por el poeta y escritor pimentelense don Manuel Mora Serrano, a quien acaba de distinguirsele muy merecidamente con el Premio Nacional de Literatura, artículo en el cual don Manuel aporta datos y hace una alta evaluación de la obra de Plinio Quiñones.

Nativo de Matanzas, autodidacta, autor de poesías de cuyo contenido y calidad, el mismo don Manuel, con toda autoridad, habla en términos muy elogiosos. Plinio Quiñones nació en la entonces común de Matanzas en 1919 y murió cuando apenas tenía veintiocho años.

Sorprende muy gratamente su capacidad de poeta bien inspirado, por un tiempo ganó muy merecida fama, pero a poco de morir, la gente le echó tierra y quedó ignorado.

Hace unos años, por iniciativa de los descendientes y el Ayuntamiento de Matanzas, se editó un libro con parte apenas de sus poesías, pero entiendo que la provincia misma, Nagua entera, está en el deber ineludible de rescatar el nombre, la obra y la memoria de este iluminado al que el tiempo y el descuido amenazan con apagarlo para siempre.

Y eso resultaría imperdonable, además de injusto. Nagua, sus hombres de letras, sus hijos conscientes, sabrán corresponder al emplazamiento que tienen por delante.