La hora del crujir de dientes.

El diario vivir, las noticias, la esforzada lucha del ciudadano en su desenvolvimiento cotidiano, las dificultades abismales propias de un país en estado de naufragio, pueden ofrecer la errática impresión de que, tras las apariencias, es poco o nada excepcional cuanto ocurre.

No es así. En las profundidades de esa mar en calma, se produce una furiosa confrontación de vida o muerte. Los conflictos poseen dimensiones ciclópeas, y alcanzan extremos de gran peligro.

Quienes conocen los detalles, les tiemblan las manos. La trágica muerte del coronel Rolando Martínez, podría ofrecernos una idea tentativa de eventos muy graves que pueden estar aconteciendo en las penumbras.

¿De cuáles datos se dispone? Una fotografía pormenorizada del oficial muestra el rostro de un hombre de armas: la mirada sostenida y firme, el porte rígido pero no agresivo. Cierta incertidumbre en la mirada. Puede que en el gesto sea posible vislumbrar a alguien sometido a una sombría presión.

Desde el jueves 3 se desconocía su paradero. Horas después fue encontrado dentro de su vehículo, en el sector de Los Pinos, Arroyo Hondo, con un impacto de bala en la cabeza (Anibelca Rosario). De inmediato se mencionó la palabra “suicidio” sin el pormenorizado análisis de un patólogo.

Desde la publicada visita del uniformado a la sede de las fuerzas castrenses, se mencionan ocurrencias inusuales. Por ejemplo, que el oficial trató (sin éxito) de ser recibido por el titular de la cartera. Poco después, se emitió un comunicado suscrito por el general de brigada Luis Coronado Abreu prohibiendo “de manera terminante” “abordar al Ministro de Defensa fuera de su despacho con la finalidad de tratarle temas de índole personal y/o institucional”.

¿Cuáles temas deseaba tratar el desaparecido militar con su superior? ¿Por qué se le rehusó la petición? De acuerdo a lo informado, el oficial se presentó en el Ministerio a retirar “un memorándum en el que se le designaba como encargado de seguridad de la Tesorería Nacional”.

Tomemos en consideración que apenas han transcurrido pocas semanas que el país pudo librarse de la administración más oscura y siniestra de toda su historia. No estamos lejos de escuchar y sentir las lamentaciones y golpes en el pecho cuando se realice una minuciosa y obligada auditoría del ejercicio 2012-2020.

Lo inocente o absurdo es creer que la derrota de agosto maniató las manos de quienes desfalcaron y degradaron el país de una forma tan inconcebible que ni un solo sector de la vida nacional quedó sin ser corrompido o dañado por las garras oficiales y sus cómplices.

La degradación, el crimen, los manejos turbios, las maniobras de toda naturaleza alcanzaron límites nunca antes vistos.

Por esas razones, y a duras penas, las actuales autoridades caminan con los pies desnudos por un sendero de espinas y vidrios rotos.

La demanda de que se haga justicia y la designación de jueces y fiscales insobornables representa un inmenso paso de avance. Solo que es peligroso ignorar que esta decisión desborda de terror a personajes que deberán ir a prisión y perder bienes y recursos fabulosos robados vulgarmente al pueblo y al Estado.

Esta hora que vivimos es de extre ma delicadeza. Resulta imperioso vigilar y preservar la integridad de quienes conocen directa o indirectamente o pueden conocer detalles determinantes para las indagatorias judiciales.

El proceso judicial deberá ejecutarse de manera paralela al de la recuperación de una economía devastada, el enfrentamiento de la pandemia, y combatir sin tregua un estado de desmoralización y de degradación que carece de precedentes en nuestra historia contemporánea.

Por todas estas razones es preciso extremar los cuidados. Los culpables y saqueadores, pese a sus rostros impávidos, están al borde del colapso