Honrar, ¡pero honrar!

¿De qué serviría denominar teatros, calles, escuelas, festivales, eventos… con sus nombres ilustres ahora empujados por un rapto de sincero orgullo mayor, por la emoción, si después, con los días, con los años, no les hacemos reverencias por lo mucho grande que nos entregaron, nos legaron?

Una acción llena de amor, ciertamente, valdría en verdad la pena, si luego somos consecuentes y no permitimos, bajo ningún concepto, que todos esos paradigmas de la cultura cubana sean desterrados hacia ese espacio de ingratitud total que es el olvido. No lo merecen esos seres genialísimos, brillantes, quienes con sus creaciones auténticas fueron llenando de esencias el mapa artístico, humanístico, espiritual de Cuba.

Preguntemos, para empezar, a esos mismos estudiantes virtuosos, a sus padres, familiares…, quiénes fueron Benny Moré, Olga Alonso, Samuel Feijóo, El Cucalambé, Luis Casas Romero, José María Heredia, Esteban Salas…, esos iluminados que dan nombre a sus escuelas de arte (para no apartarnos del giro) y comprobaremos cómo los ponemos enseguida en aprietos.

Pero ni siquiera es toda su culpa, sino de lo inconsistentes que somos, de esta desafortunada costumbre de trabajar por campañas: de volvernos locos porque «cuando la cogemos con algo» no descansamos hasta que conseguimos que la gente se sature, que nos desconecte, que no quiera saber más. Da lo mismo si se trata de cultura, salud, agricultura o política. Y después, cuando «el nudo afloja» ni una sola palabra, ni por casualidad, hasta el próximo centenario o hasta que los mosquitos nos traigan una mala nueva.

Esos creadores auténticos que nos han llevado hasta lo que somos, deberían andar a nuestro lado con más persistencia; pero la realidad es que sus extraordinarias historias se tienen que conformar con que las «recordemos», en la misma medida en que se van alejando de nuestra cotidianidad, cada un lustro o una década, sus fechas de nacimiento o muerte, efemérides que, de vez en vez, por suerte, ayudan a la justicia.

¿Cada qué tiempo se escucha una canción del Benny, que, por suerte, se ubica entre los «privilegiados» y tiene más que ganado ese derecho? ¿De Teresita Fernández? ¿Esther Borja? ¿Algún hotel dónde las pongan? Nosotros, quienes tuvimos la dicha de vivirlos, contamos con que siempre estarán porque nos marcaron con arte candente, mas ¿y cuando ya no estemos? ¿Y nuestros hijos y nietos? ¿Se les hinchará igual de orgullo el pecho o leerán el letrero sin siquiera preguntarse por qué a esos hombres y mujeres les tocó tan alto honor?

En este debate respetuoso que se ha dado en las redes sociales, coincido con muchos amigos que insisten en que ayudaría más a tenerlos presentes si calles, cines, teatros… llevaran sus nombres. ¡Y claro que ayudaría! Pero los nombres solo son nombres, mientras no se les revista de algún significado. Nombremos sí, pero hagamos todo a nuestro alcance para que ese patrimonio siga vivo.

Andrés D. Abreu, otro amigo y colega, reflexionaba en el post que publiqué a raíz de la dolorosa pérdida de la gran Vedette de Cuba: «Deberíamos empezar por incluirlos, como merecen, en los estudios escolares de la historia de Cuba, que no solo está hecha de venerables héroes y mártires de lucha, sino también de otros dignos ilustres representantes del arte, la cultura y otros campos de la sociedad que aportaron a la conformación, desarrollo y esplendor de una identidad y un concepto de nación libre.

Eso haría mucho más fácil o posible que esas futuras generaciones, al escuchar o leer sus nombres desde cualquier lugar que se les recuerde o tribute homenaje, entiendan el porqué de sus perdurables recuerdos».

Ojalá ahora bauticemos no una, sino muchas instituciones con el nombre de nuestra queridísima Rosita Fornés. Se lo merece con creces. Yo levanto mis dos manos, pero humildemente sigo creyendo que la mejor manera de honrarla, de homenajearla, será no darnos el amargo lujo de que, con el tiempo, su impresionante obra se vaya opacando, difuminando, perdiendo de nuestras vidas.

Autor: José Luis Estrada Betancourt