Fortalezas y debilidades hacia la «normalidad»

Con sus ramalazos ciegos, el coronavirus ha puesto a prueba fortalezas y debilidades de la sociedad cubana. Esta obligada situación de aislamiento como país y sociedad, como familia e individuo, nos ha conminado a repensarnos en ese ignoto camino de la construcción del socialismo —como lo calificara Fidel—, precisamente para alcanzar su viabilidad plena.

Y entre las fortalezas confirmadas está la capacidad de respuesta de un sistema de salud que va saliendo airoso ante la pandemia como en muy pocos países de este mundo, incluso ricos y poderosos. Se ha demostrado aquí también que las sociedades con Estados fuertes y un uso certero de la planificación de recursos por escasos que sean, y con políticas sociales protectoras de la población, tienen más posibilidades de sortear crisis como la actual.

Porque a escala global, la COVID-19 ha revelado que el mercado por sí mismo, con su apotegma tácito de que todo tiene un precio entre oferta y demanda, no puede resolver este tipo de crisis sanitarias y anteponer las vidas humanas a las utilidades. Esa es otra lección palpable.

Lo interesante también sería estudiar por qué Cuba muestra un sustancial grado de organización y funcionamiento de la sociedad para situaciones súbitas y límite como esta, que no siempre logra en «la normalidad», concepto tan en boga, al extremo de que ya estemos reconsiderando una «nueva normalidad». Y qué bien.

 En ese retorno incesante a los porqués, las preguntas y las dudas que requiere una Revolución para «cambiar todo lo que tenga que ser cambiado», se impone pensar por qué no utilizamos más las capacidades previsoras y ventajas del socialismo, los diagnósticos a tiempo, para romper consecuentemente y con osadía, las propias trabas que el sistema revela en su aplicación. Algo así como crear siempre el antígeno para sus propios defectos y errores.

Mirando hacia adentro del país en esta tregua idónea para el pensar, se nos revela que una economía tan agredida y bloqueada como la cubana, por demás muy vulnerable hoy, tiene que prepararse mejor para coexistir con los factores externos adversos. La contracción económica global que ya sobreviene es otra pandemia que tendremos que enfrentar, en condiciones más agravantes por el bloqueo estadounidense.

Y frente a panorama tan imprevisible, solo contamos con nosotros mismos. En lo inmediato, tendremos que hacer grandes esfuerzos emergentes, pero inevitablemente habrá que reconsiderar el diseño económico de nuestra sociedad, y liberar muchas trabas y nudos gordianos que están frenando las fuerzas productivas y el emprendimiento horizontal de nuestra economía, tanto en el sector estatal como en el no estatal.

Una debilidad manifiesta, y acentuada en medio de la COVID-19, es la agricultura cubana, que a pesar de muchos cambios durante años, debe reconsiderar sistémicamente sus modelos de gestión desde la producción hasta la distribución y el consumo. No es asunto de hombres o cargos. Cuba necesita una definitiva transformación agraria que vindique el surco y el encadenamiento productivo y los libere de en yerba mientos burocráticos.

Estos son apenas tímidos apuntes al paso, ahora que debemos entrar en una «nueva normalidad» y no en otra «anormalidad». Los economistas cubanos están generando un rico debate acerca de los caminos que urgen para darle un vuelco irreversible de eficacia y democratización a nuestra economía, sobre el cual se levante todo el entramado de la sociedad.

Tenemos arrastres estructurales y funcionales y muros burocráticos que no dan más. Nuestro propio Presidente ha insistido en que haciendo lo mismo no vamos a solucionar los problemas. Es el momento de, entre todos, con el diálogo fecundo, buscar las más inteligentes salidas. Una fortaleza es la inteligencia y nobleza del pueblo cubano, para no repetir errores ya recurrentes. Para que el socialismo próspero y sostenible no quede en una mera consigna, o un sueño inalcanzable.

Autor: José Alejandro Rodríguez

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