¿El ciclón de Luis?

La naturaleza tiene sus leyes y a veces, sus caprichos. Y no sé cuál ley o cuál capricho de la naturaleza ha dispuesto que, a partir de Trujillo, en nuestro país casi siempre, al comenzar un nuevo gobierno venga un ciclón a darle la bienvenida.

Trujillo se instaló el 16 de agosto de 1930 y dieciocho días después, vino el ciclón de San Zenón, devastó la capital y dejó casi tres mil muertos.

Trujillo, como la bestia política que era, sacó capital económico y  capital político del ciclón, encabezó la obra de reconstrucción, los adulones lo hicieron aparecer como el padre de la Patria Nueva y, como para él la ciudad reconstruida era de su propiedad personal, con vida y haciendas incluidas, el senador Mario Fermín Cabral y el resto de los lambones propiciaron el acto sacrílego de cambiarle el nombre que la capital ostentaba desde su fundación en tiempos de la colonia, por el del peor déspota que ha conocido la historia dominicana: Ciudad Trujillo.

El ciclón de San Zenón fue un presagio del huracán Trujillo que asoló el país durante treinta y un años. El 25 de septiembre de 1963 fue el golpe de estado contra el gobierno de Juan Bosch y antes del mes, vino el huracán Flora.

En julio de 1966, vino Balaguer con su dictadura de los doce años y aquella tragedia histórica, le acompañó la tragedia del ciclón Inés, el 29 de septiembre de ese año.  Don Antonio Guzmán tuvo que bregar con el ciclón David en agosto de 1979. El gobierno de Leonel Fernández fue atacado por Noel el 28 de octubre de 2007 y Danilo y su gobierno por el huracán Irma y su fuerza destructora.

Todavía el presidente Luis Abinader no ha tomado posesión y ya los huracanes andan rondando. Gonzalo venía pero al igual que el candidato del mismo nombre no llegó. Ahora el fenómeno Isaías amenaza con azotarnos. No se sabe si es la despedida de Danilo o la bienvenida a Luis.

Escribo miércoles en la tarde, y no se sabe cómo nos tratará Isaías. Pero como en el país soplan vientos de cambios, confiemos en que Isaías nos traiga apenas una buena cantidad de lluvia que siempre se necesita y que, a diferencia de experiencias anteriores, todo se convierta en el saludo de la naturaleza a un nuevo gobierno que ofrece un cambio de rumbo en sentido positivo.