Cómo matar una avispa

Por: Osviel Castro Mediel

Hace mucho tiempo un brillante dramaturgo irlandés nos dejó una fórmula para evitar que algún veneno penetrara por nuestros cerebros y terminara en la mismísima lengua.

«Un chisme es como una avispa; si no puedes matarla al primer golpe, mejor no te metas con ella», escribía el citado intelectual, llamado Bernard Shaw (1856-1950), quien llegó a convertirse en premio Nobel de Literatura en 1925.

Tal receta pudiera aplicarse en este tiempo, en el que abundan las bolas, los rumores, las fake news y numerosos cuentos de camino que, como avispas gigantes, pican y nos hinchan muchas veces el alma y hasta el cuerpo.

Hace poco lo vivimos en nuestro archipiélago, cuando la anunciada unificación monetaria y cambiaria hizo que un grupo de ciudadanos lanzara al viento la versión incierta de que el CUC iba a ser valorado a 20 pesos o hasta a números menores. No tardó en surgir otro grupo mayor, que amplificó la historieta con la consiguiente dosis de desesperación.

«Hay que separarse de las bolas y las falsas noticias», exhortó entonces el Presidente de la República Miguel Díaz-Canel Bermúdez, quien también apuntó que muchos habían salido
corriendo a cambiar dinero, espoleados por el rumor de un inminente ordenamiento.

Por supuesto que no es un fenómeno nuevo. En 2007, cuando escribí sobre este tema en Juventud Rebelde expuse la anécdota de una persona del barrio, quien solemnemente me aseguró que «en tres meses» llegaría el fin de la libreta de abastecimiento. Cuando le pregunté de dónde había sacado la noticia dijo: «la gente lo trae en la calle».

Por supuesto que no le di crédito a sus palabras pues ella misma me había hablado antes de un cercano aumento salarial, de la prohibición de la venta de bebidas a granel, de un «explote»… en fin, del mar.

«El chisme se alimenta como un glotón desbocado y grasoso de los temas más variados: desde los asuntos trascendentales de la nación hasta las conversaciones en los pasillos de cualquier empresa», decían aquellas líneas, que al parecer conservan vigencia. Sin embargo, hace 13 años las redes sociales no habían alcanzado el extraordinario auge de esta era; de modo que hoy se nos abre ante los ojos un problema más complejo, que requiere agudeza en los análisis.

Cuando la COVID-19 asomó en nuestro entorno surgieron en Facebook, por ejemplo, los más increíbles mensajes y afirmaciones: desde curas milagrosas hasta fábulas de malvados regando bichos. Algunas de esas publicaciones terminaron ganando la categoría de «virales» porque fueron compartidas a diestra y siniestra sin un juicio mínimo.

«Ya comenzaron nuevamente los mensajitos acerca de un grupo que anda repartiendo comida y nasobucos por las casas contaminados de Covid-19.
¡Por favorrr! ¡A darse un respetón, que ya pasamos por esto! Hay mucho trabajo en #Cuba (…) como para andar colaborando con este tipo de campañitas otra vez», escribió en esa plataforma digital la usuaria Magda Moreno, como para que dejaran los inventos.

Pero no todos actúan como ella. Por eso la sugerencia esencial de estos párrafos es que, como se dice en el argot beisbolero, no le tire al primer lanzamiento porque puede fallar fácilmente. Que contraste, analice y siempre dude cuando alguien le comente: «Dicen…».

Si queremos matar la avispa del principio profundicemos cuando nos lancen: «Se comenta por la calle», «la gente trae una bola», «hay un run run», «salió en las redes»…

Tal vez el mejor consejo, como epílogo, se resume en un proverbio que se emparenta con la expresión de Shaw: «Lo que no veas con tus ojos, no lo inventes con la boca».

Cortesía; Juventud rebelde